Un paciente me dijo el mes pasado, con toda convicción, que el éxito viene amarrado al bolsillo, y no lo dijo como quien confiesa una duda, lo dijo como quien enuncia una ley de la física. Tiene cuarenta y siete años, factura bien, duerme cuatro horas, no recuerda la última vez que almorzó sentado, y vino a verme porque su esposa lo obligó, no porque él pensara que algo andaba mal, lo que andaba mal, en su lectura, era el mercado.
Le pregunté qué le pasaría si el año que viene ganara la mitad, me contestó que entonces sería un fracaso, y en la manera en que lo dijo, sin dramatismo, casi con fastidio por tener que explicarme algo tan evidente, entendí que no estaba hablando de plata, estaba hablando de si tendría derecho a existir.
Entendí que no estaba hablando de plata, estaba hablando de si tendría derecho a existir.
Hay algo que estos pacientes casi nunca escuchan, y es que esa creencia no salió de la nada, durante mucho tiempo les funcionó. A este hombre lo midieron por lo que traía a la casa desde que tenía dieciocho años, igual que midieron a su padre, y esa vara lo levantó, lo sacó del barrio donde nació, le pagó los colegios de sus hijos y le compró la casa donde su madre está viviendo tranquila, así que no estamos hablando de una tontería que alguien se inventó, estamos hablando de una herramienta que sirvió veinte años y que un día empezó a cobrar intereses.
Vengo viendo esto con una frecuencia que ya no me parece casual, y lo veo sobre todo en hombres, que llegan tarde a la consulta, casi siempre empujados por alguien, y cuyo motivo declarado nunca es que se sienten mal, sino que están rindiendo por debajo. Vienen a que les arregle el rendimiento, como quien lleva el carro al taller, y les cuesta trabajo aceptar que lo suyo no se arregla en el taller, porque lo que traen es una vida armada sobre una sola pata.
La filosofía contemporánea le puso nombre a esto antes que la psiquiatría. Byung-Chul Han describe una sociedad donde ya nadie tiene que obligarnos, porque nos explotamos solos, con entusiasmo, convencidos de que nos estamos realizando, y lo que produce esa sociedad son agotados y deprimidos. El sujeto de rendimiento, lo llama. El hombre que llega a mi consulta con esa creencia es exactamente ese, no tiene un patrón que lo esclavice, se esclaviza él mismo.
Lo clínico aparece cuando esa arquitectura se cae, y se cae siempre, tarde o temprano, porque las cifras suben y bajan por razones que nada tienen que ver con uno. El hombre que solo se medía por lo que producía se queda entonces sin sistema de medición, y lo que aparece ahí se parece más al vacío que a la tristeza, un no saber qué hacer con las horas que no son de trabajo, una irritabilidad que la familia paga primero, un beber más los viernes, un dormir mal que él atribuye al estrés y no al principio de una depresión.
Y esto es lo que más me interesa señalar, porque en estos pacientes la depresión casi nunca se presenta llorando, se presenta con cansancio, con dolores de espalda, con problemas gástricos, con caída del deseo sexual, con la sensación de estar quemado. Ellos lo llaman estrés laboral, el médico general les manda unas vitaminas, y pasan dos años más funcionando a media máquina hasta que algo quiebra de verdad. Cuando finalmente les digo que están cursando un cuadro depresivo, lo primero que se les ve en la cara es susto, y con razón: si eso que les digo es cierto, entonces el problema no está afuera, y ellos llevan la vida entera resolviendo lo de afuera, que es lo único que aprendieron a resolver.
El trabajo no consiste en convencer a nadie de que el dinero no importa, claro que importa, y a un padre de familia que mantiene una casa, unos colegios y a veces a media familia extendida, decirle que el dinero es secundario sería una falta de respeto. El trabajo consiste en algo más modesto: en revisar de dónde salió esa ley que él da por evidente, quién se la enseñó, y qué precio le está cobrando hoy. Casi siempre aparece un padre, a veces un padre que trabajó demasiado y a quien nunca alcanzó a impresionar, a veces uno que no trabajó nada y cuya sombra el hijo lleva cuarenta años tratando de borrar.
Cuando hace falta medicación, la indico, y se lo explico igual que a cualquiera: con el fármaco busco modular cómo está funcionando su cerebro ahora mismo, para que tenga mejor calidad de vida, para que vuelva a dormir, para que la irritabilidad baje lo suficiente como para que podamos conversar de lo demás. La medicación no le va a cambiar la creencia, esto se trabaja en psicoterapia, pero sí le puede devolver el piso desde el cual pararse a pensar.
A este paciente le pregunté en una sesión posterior por su hijo de nueve años, si estaba orgulloso de él. Me dijo que muchísimo, sin pensarlo un segundo. Le pregunté cuánto factura el niño.
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