El viernes a las seis, después de una semana larga, la primera cerveza baja fría y uno siente que se la ganó. No hay nada malo en ese momento, casi todos lo conocemos. El asunto es que ese permiso del viernes, repetido sin pensarlo, a veces empieza a estirarse, primero el sábado, después un miércoles cualquiera porque el día estuvo pesado, y un día, sin que medie ninguna decisión, el trago del viernes amaneció siendo también el del lunes.
Casi nadie cruza la línea de un solo paso
Trabajo a diario con personas que no se reconocen en la palabra adicción, y tienen sus razones, porque esa palabra arrastra la imagen del desastre, la del que lo perdió todo, mientras ellos siguen yendo al trabajo, cumpliendo, sonriendo en las fotos. El consumo se parece a una pendiente larga y de poca inclinación, por la que se baja sin notar que se está bajando.
La frase que más escucho en consulta, dicha siempre con una seguridad que a mí me pone alerta, es «yo dejo cuando quiera», y no es mentira, o no lo es hasta ahora, porque se trata de una promesa que todavía no ha sido puesta a prueba, porque hasta ahora no ha hecho falta quererlo de veras.
El consumo se parece a una pendiente larga y de poca inclinación, por la que se baja sin notar que se está bajando.
La tolerancia explica por qué cada vez hace falta un poco más
El cerebro se adapta a lo que recibe, y lo hace con una eficiencia que a veces juega en contra. A eso los médicos le llamamos tolerancia, la misma cantidad rinde cada vez menos y hace falta un poco más para llegar al mismo sitio.
Está también la otra cara, el malestar que surge cuando la sustancia falta, una inquietud que el cuerpo aprende a calmar de la única manera que conoce, volviendo a ella. Entre esos dos engranajes, el que pide más y el que pide repetir, se va levantando, casi sin ruido, una dependencia que nadie decidió y que, sin embargo, se vive como decisión propia. Por eso pedirle a alguien que simplemente le «ponga voluntad» no va a funcionar, porque la voluntad no desarma una adaptación biológica.
El alcohol está apagando otra cosa
Hay además una historia que la bebida suele tapar, pero hay que verla de frente para poder resolverla. Buena parte de quienes beben de más lo hacen para escapar de algo, de una ansiedad perenne, de una tristeza difusa, de un insomnio que vuelve cada madrugada, o de la pura necesidad de regular un malestar que no tiene otro nombre.
A la coexistencia de un problema psiquiátrico y un consumo problemático la llamamos patología dual, y atender solo el alcohol, sin tocar la ansiedad o la depresión que lo alimentan, es desfondar un barril por un solo lado. Por eso, cuando alguien llega a mi consulta por su manera de beber, dedico la primera parte del encuentro a entender qué vino el alcohol a apagar, qué ansiedad, qué tristeza, qué noche en vela.
Cuando beber acompaña todo, la línea se vuelve difícil de ver
Por encima de cada historia personal, está la cultura en la que vivimos, que ha hecho del consumo un idioma de celebración y un premio por el cansancio y que nos enseña desde temprano que descansar es beber, que festejar es beber, que merecerse algo es, también, beber.
En nuestro querido país la cerveza acompaña el dominó, el cumpleaños, el duelo y la victoria deportiva por igual, y esa presencia en todo vuelve borrosa la línea donde la fiesta empieza a convertirse en necesidad.
Cuando una persona me deja saber que esto le está pasando, no reparto culpas (y te aconsejo que tampoco lo hagas), la culpa es mal combustible para un tratamiento, y casi nadie elige el suelo donde nace su costumbre ni su biología.
Aun así, para no hacernos ciegos, conviene saber algo que, aunque incomoda, es una gran verdad: no existe una cantidad de alcohol libre de riesgo para la salud. Nada de esto convierte una cerveza en una catástrofe, pero sí vuelve razonable mirar cuántas, con qué frecuencia y, sobre todo, para qué.
Debajo de casi todas las copas que se vuelven costumbre hay una semana entera pidiendo que alguien la entienda.
No hace falta tocar fondo para pedir ayuda
Las señales de que estamos avanzando hacia una adicción no son misteriosas: beber más de lo que uno se había propuesto, intentos de frenar que no prosperan, planes que empiezan a girar alrededor del trago, y esa irritación sorda cuando no lo hay.
Si algo de esto te dejó pensando, te digo lo que la consulta me ha enseñado muchas veces, que no hace falta tocar fondo para pedir ayuda, y que mientras más arriba en la pendiente se pide, más corto y llevadero resulta el camino de vuelta.
El alcohol responde bien al tratamiento cuando se aborda a tiempo, con acompañamiento médico y, si el cuerpo lo necesita, con una desintoxicación vigilada que lo haga seguro.
No tengas temor, hablémoslo, porque debajo de casi todas las copas que se vuelven costumbre hay una semana entera pidiendo que alguien la entienda.
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El Dr. Víctor Figueroa ofrece evaluación y tratamiento psiquiátrico, presencial en Santo Domingo y por telemedicina.
