Esta pregunta no la hace el paciente, la hace su esposa, después de tres semanas dudando si escribirme; la hace una madre que ya no sabe si lo que ve en su hijo de veintiocho años es "la edad" o algo más; la hace un hermano al que le dieron mi número. Y todos la formulan de la misma manera, con una mezcla de vergüenza y de duda que se nota antes de que terminen la frase: doctor, yo no sé si estoy exagerando. Lo que quieren saber es si esos traguitos que hasta ellos han compartido con esa persona que tanto quieren siguen siendo sociales o ya dejaron de serlo, porque llevan meses preguntándoselo a una persona que asegura con toda convicción que puede controlarlo y que lo dejará cuando quiera.

"Yo lo controlo" es una frase, y las frases se dicen igual desde cualquier lado. La pronuncian exactamente igual el que se toma dos cervezas los sábados y el que necesita una botella para dormir, y por eso no sirve para distinguirlos. Los datos son otros, y la familia suele tenerlos todos sin saber que los tiene:

El primero es la tolerancia: hace dos años se ponía contento con tres tragos y hoy necesita seis para el mismo efecto, porque el cerebro se adaptó y pide más.

El segundo es el desplazamiento de la ocasión: el trago que antes se tomaba el sábado ahora comienza el jueves y llega hasta el domingo, después el miércoles, y luego aparece solo, sin fiesta, sin gente, en la cocina a las diez de la noche.

El tercero es la función: cada vez bebe menos para celebrar y más para "algo", para dormir, para bajar la ansiedad, para aguantar la reunión familiar, para no pensar, y cuando el alcohol tiene un trabajo asignado ya dejó de ser un placer y pasó a ser un tratamiento casero.

El cuarto son las consecuencias que se acumulan y se minimizan: las discusiones, el lunes con "malestar estomacal", el carro rayado, el faltante de dinero.

Y el quinto, quizá el más claro, es que el tema ya no se puede tocar: cualquier comentario sobre cuánto bebe produce una reacción desproporcionada, y en la casa todos han aprendido a quedarse callados para llevar la fiesta en paz.

Con dos de esos cinco en el último año ya no estamos hablando de un hábito social, y la pregunta oportuna pasa a ser: ¿cuándo consultamos con el especialista?

Cuando el alcohol tiene un trabajo asignado ya dejó de ser un placer y pasó a ser un tratamiento casero.

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Ahora aprovechamos para desmontar el segundo mito, el de que hay que esperar a que toque fondo. Lo he escuchado de familias y de amigos con buena intención, pero la evidencia dice lo contrario con bastante claridad: mientras más temprano se interviene, menos daño hay que reparar, más recursos conserva la persona (el trabajo, la pareja, el hígado, la corteza prefrontal, que es la parte del cerebro que frena los impulsos y que el alcohol daña primero) y mejor responde al tratamiento. El fondo, entonces, parece ser la lista de todo lo que se perdió por esperar.

También muchos familiares y pacientes se preguntan qué pasa en una consulta de psiquiatría para adicciones, porque nos hemos acostumbrado a que en torno a ese tema solo hay vergüenza y reproches. Pero no: un abordaje serio de adicciones empieza con una evaluación completa: cuánto, desde cuándo, con qué, y sobre todo qué hay debajo.

En mi experiencia, y la literatura lo respalda, una proporción muy alta de las personas que beben de más está tratando algo sin saberlo: un trastorno de ansiedad, un insomnio de años, una depresión que se ve como irritabilidad, un TDAH que nunca se diagnosticó y que el alcohol "apaga" un rato por las noches, a eso se le llama patología dual, dos condiciones que se alimentan entre sí. Cuando se trata la ansiedad de fondo, muchas veces el consumo baja sin que haya que pelear con él de frente.

Después viene un plan con objetivos definidos, medicación cuando está indicada, para la abstinencia, para el deseo de consumo o para la condición de base, y la decisión de si es oportuno un internamiento. Siempre con el acompañamiento terapéutico de psicólogos clínicos bien entrenados en el área de adicciones.

Y claro que la familia, que llegó pidiendo permiso para hablar, forma parte de ese plan desde el primer día. Lo que hace la familia importa mucho más de lo que cree. Un programa desarrollado por Robert Meyers y William Miller, que entrena a los familiares para cambiar la manera en que responden al consumo, en lugar de confrontarlo o de cubrirlo, logró que dos de cada tres personas que se negaban a tratarse aceptaran entrar en tratamiento, frente a poco más de una de cada diez cuando la familia se limitaba a esperar a que el otro quisiera solo. Esconder la botella, controlar el dinero y dar ultimátums son las tres cosas que menos funcionan, y son las tres que todo el mundo hace.

A esa esposa le contesto que sí, que puede venir ella primero, sola, aunque él no quiera todavía. Casi todas las familias con las que he trabajado esperaron más de un año entre la primera duda y la primera consulta, y lamentablemente, cuando las señales son claras, es difícil que el empeoramiento no llegue. Entonces, ¿por qué esperar tanto?

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Dr. Víctor L. Figueroa A.

Médico psiquiatra

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