De todas las cosas que me consultan los familiares, hay una que siempre llega con la voz más baja: cómo se le pregunta a alguien si está pensando en quitarse la vida. Y por lo regular viene acompañada del mismo temor: que si uno lo menciona le puede meter la idea en la cabeza. Lo entiendo, porque suena razonable y porque nadie quiere ser el que empeoró las cosas. Pero es una de las creencias que más caro nos ha salido, y tenemos que desarmarla antes de seguir, porque el silencio que produce deja sola a la persona justo cuando más compañía necesita.
Cuando esto se ha estudiado, y se ha estudiado bastante, preguntar directamente por ideas suicidas no aumenta la ideación ni el malestar de quien recibe la pregunta; en varios trabajos ocurre lo contrario y el malestar baja. La explicación es sencilla: uno no le está introduciendo nada a nadie. Quien está pensando en morir ya lo viene pensando hace rato, y casi siempre a solas, dándole vueltas a la idea de que si lo dice va a asustar a la familia o va a terminar encerrado. La pregunta no siembra nada, abre una puerta que estaba trabada por dentro.
Primero lo que viste, después la pregunta
Ahora, la manera de preguntar es importante. Antes de la pregunta se debe poner sobre la mesa lo que uno ha visto, con hechos y sin diagnósticos improvisados: "hace tres semanas que no sales, dejaste de contestar el teléfono, te veo durmiendo todo el día y eso me tiene preocupado". Eso le dice a la otra persona que uno está prestando atención de verdad, y hace que lo que viene después no llegue de la nada. Y entonces se pregunta, con palabras claras y sin rodeos: "¿has pensado en hacerte daño?", "¿has llegado a pensar en quitarte la vida?".
Me detengo en un detalle que veo fallar todo el tiempo. Mucha gente formula la pregunta de manera que la respuesta solo pueda ser que no: "tú no estarías pensando en una locura de esas, ¿verdad?". Preguntado así, casi todo el mundo dice que no, porque la pregunta misma le está pidiendo que tranquilice al que pregunta. El eufemismo funciona igual de mal. Hay que usar las palabras, aunque cuesten, y hacerlo con el tono más tranquilo que uno pueda poner, sentado y sin prisa.
Se puede prometer discreción, cuidado y compañía, pero no silencio, porque después ese silencio se vuelve una trampa para los dos.
Qué hacer cuando la respuesta es que sí
Si la respuesta es que sí, lo primero es no salir corriendo ni ponerse a discutir. No sirve el sermón, no sirve el "piensa en tus hijos", que agrega culpa a alguien que ya tiene de sobra, y tampoco sirve el "eso es una tontería, tú lo tienes todo". Lo que sirve es escuchar un rato y seguir preguntando, porque el nivel de riesgo se aclara con lo que viene después: si ha pensado en cómo hacerlo, si tiene algo preparado, si ha puesto una fecha, si tiene a mano lo que haría falta, si lo ha intentado antes. Cada respuesta afirmativa acerca la situación a lo urgente.
Con esa información hay tres cosas que se hacen el mismo día. Poner distancia entre la persona y lo que podría usar, que en la práctica es guardar los medicamentos bajo llave y sacar de la casa cualquier cosa peligrosa; esta medida sencilla es de las que más ha demostrado salvar vidas. No dejarla sola mientras dura el momento de mayor riesgo. Y buscar atención profesional ese día, sin esperar a ver si amanece mejor.
Hay algo más, que suele ser duro: no prometas guardar el secreto. Se puede prometer discreción, cuidado y compañía, pero no silencio, porque después ese silencio se vuelve una trampa para los dos.
Dónde llamar y qué pasa después
En República Dominicana existe la línea nacional de salud mental, el 811, gratuita y confidencial, y está el 911 para cuando el riesgo es inminente o ya ocurrió algo. También se puede acudir directamente a la emergencia de un hospital. Y si el miedo de fondo es el internamiento, conviene decirlo con claridad: la mayoría de estos casos se maneja de forma ambulatoria, con un plan de seguridad escrito, seguimiento cercano, tratamiento del cuadro que hay debajo, que casi siempre existe y casi siempre es tratable, y la participación de la familia. El ingreso se reserva para el riesgo alto y es temporal.
El 10 de septiembre se conmemora el Día Mundial de la Prevención del Suicidio, y por eso escribo esto ahora. Pero quiero cerrar con lo que me han dicho tantos pacientes que estuvieron en ese punto y hoy están de este lado: que de aquellos días recuerdan poco de los consejos que recibieron y bastante del momento en que alguien se sentó y se atrevió a preguntarles. Ninguno describió esa pregunta como una intromisión; casi todos experimentaron alivio. Y la pregunta, dicho sea de paso, no se hace una sola vez; se vuelve a hacer la semana siguiente, y la otra, hasta que deje de hacer falta.
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