Hace unos días me levanté en la mañana con una noticia difícil, el hermano de un amigo cercano había fallecido, se trataba de una persona que llevaba años batallando con el consumo, que había encontrado un punto de estabilidad en una pareja y que tras un conflicto con ella recayó en el consumo, después de eso se quedó solo durante días en su casa sin pedir ayuda cuando físicamente la necesitaba con urgencia; cuando la familia se dio cuenta, ya era tarde.
La tristeza de mi amigo me ha quedado muy presente y noto que la pregunta que más se hace dejó de ser hace rato sobre por qué recayó (él conoce muy bien el ciclo de la adicción), es por qué no llamó si necesitaba ayuda.
No voy a contar más del caso, ni los detalles, ni cómo pasó, porque eso pertenece a él y a su familia; pero creo que se puede obtener un aprendizaje de esta situación y si con ella puedo llegar a los oídos de alguien, me daré por bien servido.
La pregunta que me ha quedado dando vueltas en la cabeza no es por qué volvió a consumir, es por qué no llamó si necesitaba ayuda.
Lo que la familia interpreta como vicio
Una de las ideas más dañinas que sigue circulando en las familias, incluso en aquellas muy informadas, es que la adicción es un problema de vagabundería, que la persona sigue consumiendo voluntariamente y se retiran de la situación diciendo: "si quisiera, lo dejara"; esa idea, además de ser totalmente errada (nadie se engancha a una sustancia porque quiere), es peligrosa, porque organiza la respuesta de la familia alrededor del reproche en vez de hacerlo alrededor del tratamiento, la persona deja de ser un paciente con una enfermedad crónica que tiene recaídas, y pasa a ser alguien al que hay que regañar, controlar, vigilar, o del que hay que distanciarse cuando "vuelve a las andadas".
El efecto de esto es muy concreto: la persona aprende que cuando recae no puede contarlo, sabe que si llama a casa va a recibir un sermón, no ayuda, sabe que si pide auxilio en plena recaída va a confirmar que "no aprende", que "no quiere salir de eso", entonces no llama y comienza a aislarse cada vez más.
Qué pasa en el cerebro de quien se aísla
Para entender por qué una persona en plena recaída es incapaz de levantar el teléfono, hay que entender un poco lo que está ocurriendo por dentro; el cerebro tiene un sistema que organiza la motivación, una especie de mecanismo interno que decide hacia dónde dirigir la atención, qué buscar, qué se siente como urgente; en condiciones normales ese sistema reparte el interés entre muchas cosas (el trabajo, los hijos, una comida, una conversación), pero en una persona con adicción, este mecanismo está secuestrado y apunta la motivación hacia un solo lugar: la droga o la conducta adictiva.
Por eso una persona intoxicada o en recaída puede tener un dolor físico serio y no registrarlo como motivo para buscar ayuda; el sistema que normalmente diría "esto es grave, hay que llamar a alguien" está mirando hacia otro lado, ocupado con la sustancia, y los pasos que en otro momento serían automáticos, agarrar el teléfono para decir "no estoy bien", quedan fuera de alcance.
A eso se suma lo que pasa inmediatamente después del consumo, en las horas y los días siguientes, cuando aparece una mezcla específica de vergüenza, agotamiento, y una certeza, muy convincente para la persona en ese momento, de que ya no merece ayuda.
Esa certeza se parece mucho a un pensamiento meditado, pero es un síntoma de la resaca química y emocional del episodio, la persona piensa, con total convicción, cosas como "ya fallé otra vez", "después de todo lo que les hice no puedo volver a aparecer", "esta vez es mejor que ni se enteren", frases que parecen verdades sobre la situación, pero que están producidas por el estado en el que la persona se encuentra.
La familia también se aleja
Uno de los marcadores más serios en una familia con un miembro que consume es cuando se naturaliza la ausencia o el silencio de la persona con adicción, el no hablar durante tres días deja de ser alarmante. Esto pasa muchas veces porque la familia está agotada, porque lleva años de altibajos, y es muy desgastante convivir con la enfermedad de un familiar, es comprensible, pero se convierte en un riesgo.
A las familias les digo: en una persona con historia de consumo, el silencio no es para esperar, es para ir a buscar, no con reproche, ni con sermón, solo para verificar que esté bien, una visita corta, una llamada que insista, alguien que toque la puerta; muchas veces no va a pasar nada y será un susto innecesario, pero el costo de equivocarse en la otra dirección es demasiado alto.
El paciente que cree que ya no merece ayuda
A los pacientes que están leyendo esto y que llevan años batallando, quiero decirles una cosa: las frases que aparecen en la cabeza después de una recaída, las que dicen que ya no hay caso, que es mejor no aparecer, que después de tanto no se puede pedir ayuda otra vez, no describen su situación, son parte del cuadro, ¡un síntoma más!, están producidas por el estado en el que están.
Cada recaída es parte del proceso y evaluarla es información relevante, los servicios de salud, los psiquiatras que trabajamos esto, los grupos de apoyo, no estamos esperando para regañar, estamos esperando a que llame; una llamada a tiempo cambia el desenlace, lo he visto muchas veces, y por eso hoy decidí escribirlo.
