Mis pacientes llegan diciendo que están irritables, que se les olvidan las cosas, que no se pueden concentrar, que discuten por tonterías, que engordaron, que se enferman de todo, y cuando les pregunto cuántas horas duermen, la respuesta suele ser la misma, dicha con cierto orgullo: cinco, cinco y media, con seis me sobra. Lo dicen como quien describe una virtud; lo irónico es que lo que ellos viven como "problemas de estrés" tiene una secuencia bastante predecible, semana a semana, que la investigación sobre el sueño ha medido con bastante detalle.

La primera semana es la más engañosa, porque se siente bien. El cuerpo responde a la falta de sueño con adrenalina y cortisol, uno se siente activo, productivo, incluso con más energía que de costumbre, y esa sensación es la que tanta confusión genera. Lo que no se nota tanto todavía es lo que ya empezó a fallar: la atención continua, esa capacidad de quedarse en una tarea aburrida sin que la mente se vaya, y la velocidad con la que el cerebro procesa lo que le llega.

Un estudio clásico de Hans Van Dongen, publicado en 2003, limitó a un grupo de adultos sanos a seis horas de sueño durante dos semanas y midió su rendimiento cada día. Al final, sus resultados eran equivalentes a los de personas que habían pasado dos noches enteras sin dormir, lo más inquietante fue que cuando se les preguntó cómo se sentían, contestaron que solo "un poco cansados": el cerebro privado de sueño pierde, entre otras cosas, la capacidad de notar cuánto ha perdido.

El cerebro privado de sueño pierde, entre otras cosas, la capacidad de notar cuánto ha perdido.

En la segunda semana aparecen las fallas de memoria, dormir es el momento en que el hipocampo, el archivo temporal donde se guarda lo que pasó durante el día, transfiere esa información a la corteza para almacenarla de forma más estable. Con cinco horas ese traslado queda a medias, y al día siguiente uno estudia, lee, atiende una reunión, y una parte de lo aprendido sencillamente no se guarda. Mis pacientes lo describen como "se me olvidan las cosas" y muchos vienen convencidos de que tienen un principio de Alzheimer a los cuarenta y dos años o que tienen TDAH desde hace un par de meses.

A esas alturas ya la familia comienza a notar también la irritabilidad. Un estudio con resonancia magnética de Seung-Schik Yoo, en 2007, mostró que después de una noche sin dormir la amígdala, el centro de alarma emocional del cerebro, reaccionaba un sesenta por ciento más ante imágenes negativas, mientras la corteza prefrontal, la que pone freno y contexto, se desconectaba de ella. Traducido a la vida diaria: la misma frase de la pareja que se deja pasar un día en que se está bien descansado, otro en el que solo acumulamos cuatro o cinco horas de sueño es motivo de una terrible discusión.

La tercera semana es la del cuerpo. La falta de sueño altera las dos hormonas que regulan el hambre, sube la que la despierta y baja la que avisa que ya es suficiente, y por eso la persona que duerme poco come más, sobre todo carbohidratos y sobre todo de noche, y hasta engorda sin haber cambiado de dieta. Al mismo tiempo el sistema inmunológico se debilita, en un estudio de Aric Prather, de 2015, se expuso a voluntarios sanos al virus del resfriado, y los que dormían menos de seis horas tenían más de cuatro veces la probabilidad de enfermarse que los que dormían siete o más.

Y la cuarta semana es la que más me importa como psiquiatra, porque es cuando la falta de sueño deja de ser un hábito y empieza a parecer una enfermedad. El ánimo baja, la ansiedad sube, la persona empieza a dormirse en el sofá y a despertarse a las tres, toma café para compensar y alcohol para bajar, y llega a la consulta con un cuadro que se parece a una depresión, o a un trastorno de ansiedad, o a un TDAH, y que a veces lo es, pero que muchas veces es un cerebro que lleva un mes sin hacer el mantenimiento nocturno.

Ese mantenimiento es literal, porque durante el sueño profundo el cerebro activa un sistema de limpieza, que arrastra los desechos acumulados durante el día, entre ellos las proteínas que con los años se asocian al deterioro cognitivo. Un mes sin limpieza no produce Alzheimer (no seamos alarmistas), pero produce un cerebro que trabaja peor cada día, y dos décadas de esas noches sí aparecen en los estudios de riesgo.

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Lo que hago en consulta con estas personas, antes de pensar en cualquier diagnóstico, es pedirles dos semanas de siete horas. Casi ninguno cree que pueda, casi todos lo logran cuando entienden lo que está en juego, y una parte considerable vuelve a la segunda cita sin el problema que la trajo. Los demás llegan con un cuadro más limpio, que ahora sí se puede evaluar, y con la mitad de los síntomas ya descontados. En psiquiatría, el sueño es el primer examen y el más barato.

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Dr. Víctor L. Figueroa A.

Médico psiquiatra

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